lunes, 5 de noviembre de 2012

Desconectarse es un lujo?

Cerebros de Silicon Valley envían a sus hijos a un colegio sin computadoras

No hay televisores ni PC, sólo tiza y pizarrón, los niños aprenden a tejer, coser y hornear pan. Un establecimiento privado en el que recién se enseña informática a los 13 años

 


La Waldorf School de Peninsula, en California, es una de las escuelas privadas que eligen los hiperconectados empleados de Google, Apple y otras empresas de punta de la computación para que sus hijos se eduquen alejados de todo tipo de pantalla, según un informe del diario Le Monde sobre una nueva tendencia tech: la desconexión.

Tres cuartos de los alumnos inscriptos en la Waldorf son vástagos de personas que trabajan en el área de las nuevas tecnologías. "La gente se pregunta por qué profesionales de la Silicon Valley, entre ellos algunos de Google, que parecen deberle mucho a la industria informática, envían a sus hijos a una escuela que no usa computadoras", comentó Lisa Babinet, profesora de matemáticas y cofundadora de la escuela primaria, en la conferencia anual Google Big Tent.

El periódico francés recoge el testimonio de uno de estos padres: Pierre Laurent, que eligió esta escuela porque cuestiona la tendencia actual a equipar en informática a las clases desde una edad cada vez más temprana. "La computadora no es más que una herramienta. El que sólo tiene un martillo piensa que todos los problemas son clavos", dice. "Para aprender a escribir, es importante poder efectuar grandes gestos. Las matemáticas pasan por la visualización del espacio. La pantalla perturba el aprendizaje. Disminuye las experiencias físicas y emocionales".

En la Waldorf esa limitación no existe: se aprende a sumar y a restar dibujando o saltando a la cuerda. Consultado acerca de si no le preocupa que sus hijos estén en desventaja por este retraso en el uso de la PC, Laurent responde: "No sabemos cómo será el mundo dentro de 15 años, las herramientas habrán tenido tiempo de cambiar muchas veces. Por haber trabajado 12 años en Microsoft, sé hasta qué punto los softwares son preparados para ser del más fácil acceso posible". También recuerda que todos los alumnos de la Waldorf tienen computadora en sus casas. La cuestión se reduce entonces a decidir cuándo levantar las limitaciones a su uso.

Richard Stallman, el gurú del software libre, trabaja desconectado: "La mayor parte del tiempo no tengo Internet. Una o dos veces por día, a veces tres, me conecto para enviar y recibir mis correos. Releo todo antes de enviar".

Así como por un lado
muchas personas sufren de nomofobia, es decir el miedo a no estar conectado (teléfono, Internet, etc.), otros ya empiezan a dar la vuelta y a recuperar el placer de la desconexión. Fred Stutzman, investigador de la Carnegie Mellon University, desarrolló incluso un programa llamado Freedom que bloquea el acceso a Internet durante 8 horas seguidas, obligando a reiniciar la computadora para reactivar el servicio. Deseoso de poder escribir sin distracciones, también diseñó Anti-social, un software que permite el acceso a Internet pero sin diversiones tales como Facebook y Twitter. "Las computadoras se han convertido en máquinas de distracción. Hay que equiparse hoy de funcionalidades que las devuelvan a su rol de máquina de escribir", dice. "Es una forma de comprar tiempo".

Sherry Turkle, del Instituto de Tecnología de Massachussets (MIT, por sus siglas en inglés), autora del libro Alone Together (Solos juntos), dice que mirar sus mails o SMS frente a otros puede ser tan contagioso como un bostezo: "La gente pasa 90% de su tiempo de trabajo con los mails, y en su casa envían SMS estando a la mesa".

El informe de Le Monde pronostica que cada vez habrá más gente pidiendo asistencia para desonectarse. No es un fenómeno de masas, sino más bien una tendencia minoritaria que involucra más bien a los sectores más acomodados. "Algunos tienen el poder para desconectarse y otros, el deber de permanecer conectados", dice el sociólogo Francis Jauréguiberry, que investiga el tema. Los "pobres" de la tecnología son los que no pueden eludir la responsabilidad de responder de inmediato un correo electrónico o un mensaje de texto. Los nuevos ricos, por el contrario, son aquellos que tienen la posibilidad de filtrar e instaurar distancia respecto a esta interpelación. Lo mismo, dice Jauréguiberry, pasó con la televisión: el sobreconsumo es cosa de las clases populares.

¿Desconectarse es un lujo?


sábado, 3 de noviembre de 2012

Algunas reflexiones sobre la era de la información

Dado que se trata de un texto preliminar, sujeto a modificaciones, decidí transcribir un fragmento de un texto que escribí hace algunos años para una materia de la Facultad, con el objetivo de poder volver sobre estas afirmaciones (para ampliarlas, ratificarlas, refutarlas, etc.) a partir de lo que veamos en este espacio y también para poder pensar la articulación de estas ideas con la educación y con la utilización de las TICs en ELSE en particular.
 

En los años 90, un nuevo sistema de comunicación empieza a formarse a partir de la fusión de los medios de comunicación de masas y la comunicación electrónica. El sistema multimedia, transformación tecnológica que, según Castells (1997), tiene dimensiones históricas similares a la invención del alfabeto, integra las modalidades escrita, oral y audiovisual de la comunicación humana en una red interactiva de alcance global y conduce al surgimiento de una nueva cultura: la cultura de la virtualidad real. El rasgo más importante del multimedia es su poder de reunir dentro de su dominio a la mayor parte de las expresiones culturales en toda su diversidad, poniendo fin a la separación entre medios escritos y audiovisuales, cultura erudita y popular, entretenimiento e información. Conecta en un supertexto gigantesco todas las manifestaciones culturales, pasadas, presentes y futuras y de esa forma hace de la virtualidad nuestra realidad. Es importante explicar este concepto de virtualidad. La relación del sujeto con los objetos siempre ha sido virtual en el sentido de que siempre existió algún tipo de mediación, pero en la sociedad actual lo que se transforma es el modo en que se da esa mediación:“es un sistema en el que la misma realidad (la existencia material/simbólica de la gente) es capturada por completo (…) en un escenario de imágenes virtuales (…) las apariencias no están sólo en la pantalla a través de la cual se comunica la experiencia, sino que se convierten en la experiencia” (Castells, 1997:406). En el nuevo tipo de sociedad, un mensaje sólo es comunicable y socializable si entra en este sistema integrado de comunicación. El precio que se paga por ser incluido es el de adaptarse a su lógica, a su lenguaje, lo que no significa de ningún modo que exista una homogeneización de las expresiones culturales. La batalla crucial pasa entonces por la determinación de quiénes son los “interactuantes” y quiénes los “interactuados” en el nuevo sistema.

Otro aspecto a destacar es que el nuevo sistema transforma radicalmente dos dimensiones fundamentales de la vida humana: el tiempo y el espacio. El ciberespacio reproduce la espacialidad dominante de la globalización, “un lugar donde todo el planeta está conectado y enlazado permanentemente pero a donde solamente algunos pueden ingresar” (Benítez Larghi, 2004: 80). Internet constituye un emblema de la globalización: intensificación de la circulación de productos, circularidad de los mensajes, superación de las fronteras nacionales, existencia de comunidades virtuales globales. Hopenhayn (1999) va a hablar de una globalización comunicacional que produce en los sujetos que participan percepciones paradójicas: por un lado, una sensación de protagonismo porque pueden hacer circular a través de la red sus propios discursos con un mínimo esfuerzo; pero, por otro lado, una sensación de gran anonimato al contrastar su capacidad individual con el volumen de mensajes y emisores presentes al mismo tiempo en esa comunicación interactiva.

Asimismo, la temporalidad característica del capitalismo tardío, basada en la lógica de que cualquier tipo de espera significa postergar la posibilidad del goce presente, también encuentra su máxima expresión en Internet. Siguiendo a Benitez Larghi (2004), no podemos olvidar que en una sociedad estratificada como la nuestra, estas categorías ordenadoras de tiempo y espacio son objeto de intensas luchas sectoriales. “La batalla por definir los significados témporo-espaciales es vital para contrarrestar y sacar provecho de la imprevisibilidad, la inseguridad y la incertidumbre en que la sociedad sumerge a los individuos” (Benítez Larghi, 2004: 78). Muchas de las actividades que antes se realizaban en el espacio real empiezan a hacerse en el espacio virtual: ahora es posible quedarse en el ámbito seguro del hogar sin que ello implique estar aislado o incomunicado. Aquellos que no se adaptan a estas prácticas espaciales y temporales legítimas quedan marginados, o mejor dicho, se automarginan, son los “vagabundos”, tal como los define Bauman (1999), que viven atados al espacio local y a un tiempo abundante pero vacío.

Para Benitez Larghi (2004), Internet, lejos de representar el ideal de una sociedad con una mayor participación e igualdad, encarna la figura de un cuerpo social donde la diferencia ya no es entre ricos y pobres sino entre incluidos y marginados. Según Castells, este sistema no constituye un medio general de comunicación ya que excluye (y por mucho tiempo excluirá) a la mayor parte de la humanidad, siendo patrimonio del segmento culto de la población de las áreas metropolitanas mayores y más sofisticadas. Aunque su uso se expanda cada vez más, siempre lo hará en olas sucesivas, iniciadas en los niveles más elevados de educación y riqueza, lo que determinará que sean estos sectores los que conformen, con sus usos, los hábitos de la comunicación. Si pensamos en los usos que se da a este tipo de comunicación, si bien una proporción considerable tiene que ver con la realización de tareas profesionales, hoy ya alcanza a todo el ámbito de la actividad social, sobre todo a la comunicación personal a través del correo electrónico. También se destaca la formación de comunidades virtuales, organizadas en torno a un interés compartido, aunque, en general, la participación en estas redes es esporádica: las personas entran y salen según van cambiando sus intereses, explorando distintas experiencias de un modo efímero.
 

Bauman, Zygmunt (1999), La Globalización. Consecuencias humanas, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

Benítez Larghi, Sebastián (2004) “La vuelta al mundo en ochenta bytes. Internet y la lucha hegemónica por el tiempo y el espacio”, en Wortman, Ana (comp), Imágenes publicitarias/nuevos burgueses, Prometeo Libros, Buenos Aires.

Castells, Manuel (1997), La era de la información. Volumen 1. La sociedad red, Alianza Editorial, Barcelona.

Hopenhayn, Martín (1999), “Vida insular en la aldea global. Paradojas en curso”, en Barbero, Jesús y otros (eds.), Cultura y globalización. CES/Universidad Nacional, Bogotá.

jueves, 1 de noviembre de 2012